Lightness (2014)

LIGHTNESS. Jorge Latorre.
He regresado a la naturaleza pero con calma, con tiempo, intentando alargar el momento, buscando la luz. Pretendo hacer una fotografía que se ilumina desde dentro. Con luz propia.
Estas palabras del propio autor sintetizan maravillosamente la exposición fotográfica Lightness, que en inglés lo mismo puede significar luminosidad que ligereza. Con ella culmina la carrera, breve todavía pero muy fructífera, de uno de los fotógrafos más inteligentes y meticulosos del panorama navarro reciente. Paco Sada se considera aficionado, pero sería entonces el más profesional –por la seriedad con que se toma su trabajo- de los fotógrafos aficionados, entendiendo este término en el sentido vocacional con que se han definido siempre los fotógrafos que trabajan en vecindad con el arte. Sirva la frase de uno de los fundadores del lenguaje fotográfico moderno, Alfred Stieglizt para entender este contexto, y al mismo tiempo, comenzar a situar la obra de Paco Sada que ahora presentamos: “En el mundo fotográfico de hoy, no se reconocen más que tres categorías de fotógrafos: el ignorante, el técnico puro y el artista. De aquí se sigue que el primero aporta únicamente lo que no es deseable, y el segundo una formación puramente técnica después de años de estudios, mientras que el tercero aporta la sensibilidad y la inspiración del artista, a las que se añade luego un conocimiento puramente técnico” (Stieglitz, Alfred, "Pictorial Photography", Scribner´s Magazine, 26 de noviembre de 1899, pp. 528-557).
El Stieglitz que escribe ese manifiesto tenía que defender las posibilidades artísticas de la fotografía, lastrada entonces, como ahora, de excesiva facilidad y proliferación. A finales del siglo XIX, él lo hacía acercando la fotografía a la pintura impresionista, que ponía en primer plano la inspiración y subordinaba la técnica a este elemento intuitivo, aparentemente improvisado, de la visión general que incide sobre la retina: la impresión instantánea. También la obra reciente de Paco Sada tiene mucho de impresionista, de vuelta a la naturaleza en su captación lumínica y temporal. Pero sin ningún tipo de improvisación instantánea. Han pasado demasiadas cosas desde aquel entonces en la fotografía, y estos cambios han influido radicalmente tanto en la percepción de la naturaleza como en las técnicas fotográficas con la que nos acercamos a ella.
Paco Sada es heredero indirecto, quizás a través de Carlos Cánovas -de quien se reconoce discípulo-, de la experiencia emocional que inauguraron los fotógrafos de The New Topographics, movimiento que toma el nombre de la exposición celebrada en 1975 en la George Esastman House de Rochester y que ha ejercido una inadvertida pero profunda influencia en la fotografía posterior. A diferencia de otros fotógrafos de naturaleza como Ansel Adams o los fotógrafos impecables de National Geographic, estos nuevos topógrafos se interesaban por la naturaleza herida de muerte por la civilización y el progreso. A contracorriente de la tradición paisajista romántica, eran fotógrafos que mostraban lo que tenían a su alrededor: urbanizaciones en construcción, terrenos cubiertos de escombros, llanuras salpicadas de postes telefónicos y torres de electricidad, carreteras enmarcadas por vallas publicitarias… Este era su verdadero hogar, y, por tanto, el motivo personal que les interesaba -y emocionaba en muchos casos. Es en estos espacios intermedios entre la ciudad y el campo en los que radica la belleza moderna, y no tanto en los parques naturales protegidos o las escasas reservas vírgenes del planeta, que serían tan sólo reductos aislados de un paraíso ya demasiado perdido.
Joan Fontcuberta, define muy bien estos cambios que trajo la modernidad como un acercamiento al objeto que culmina en un nuevo equilibrio de fuerzas en el que van a prevalecer el sujeto y la libertad individual. Emerge la conciencia de que el paisaje debe aspirar a una realización de identidad, a la objetivización de un paisaje interior que se encuentra en correspondencia con el mundo físico. En unas pocas décadas del primer tercio del siglo XX se resquebraja el viejo modelo de un yo cognitivo frente a un mundo aparte que es escudriñado. La fórmula lineal mundo observado-artista-imagen-espectador es sustituida por otra en la que percepción, espacio y mundo ocurren simultáneamente y sin jerarquía. Objeto y sujeto dejan de tener una entidad tangible e inmutable y pasan a ser puras hipótesis de experiencia (Fontcuberta, Joan, La Cámara de Pandora. La fotografí@ después de la fotografía, Gustavo Gili, 2011, p. 145). 
En Paco Sada todo esto se da. Sus paisajes son en primer lugar interiores y se exteriorizan en selecciones muy concretas de lugares intermedios, terceros, entre naturaleza y civilización, su civilización (la Pamplona que le acoge y sus alrededores). Pero además, la vuelta a la naturaleza de este trabajo más reciente (después de haber pasado por todas las anteriores experiencias de escudriñamiento) tiene mucho de evocación trascendente al estilo de los pioneros de la fotografía de paisaje a mediados del siglo XIX. Esos fotógrafos de La Mission Héliographique (Edouard Baldus, Gustave Le Gray, Henri LeSecq, etc.) o de las expediciones geológicas y geográficas del Oeste americano (William Henry Jackson, Tomothy H. O’Sullivan, Carleton E. Watkins) que entablaron un diálogo con un paisaje que les sorprendía y sobrepasaba: “El sentido de exclamación, la sensación de grandeza que se experimenta ante el patrimonio monumental o hacia la naturaleza exuberante, se traduce en un efecto de escala. La cámara retrocede para ganar ángulo de visión y llenar así el encuadre con el máximo de maravillas (de ahí el formato panorámico que tanto abunda en las tomas de la fotografía documental decimonónica). El fotógrafo se empequeñece para magnificar la escena que contempla” (Ibídem).
Paco Sada accede a la naturaleza más cercana y, aparentemente menos interesante, con el mismo interés con que los fotógrafos descubridores la fotografiaban por primera vez. Y desde esa constante admiración por algo que nos sobrepasa, realiza su trabajo de investigación acerca de la naturaleza misma de la fotografía, como luz y tiempo, instante más o menos prolongado.
Si hay dos tipos de fotógrafo, los cazadores y los agricultores, Paco Sada estaría más bien en la categoría de los últimos. No persigue el motivo sino que lo va cultivando. El no pertenece al instante decisivo moderno sino que pertenece a la posmodernidad, o esa “modernidad líquida”, en la que el “espacio es virtual”, el tiempo intersticial y, por supuesto, la “imagen es “post fotográfica”. Pero con toda esta “libertad” de enfoques y técnicas a la hora de fotografiar, Paco Sada vuelve una y otra vez a la esencia de la fotografía como contemplación. Contemplar deriva de la expresión romana cum-templum, que significa estar junto al templo, con el recogimiento necesario que exige la presencia de lo sagrado. 
Como si todo lo que nos rodea fuera sagrado, por el mero hecho de ser algo cotidiano, y llevar belleza. Así se comporta Paco Sada, y así lo va estudiando en cada una de las series, con diferentes enfoques y técnicas, pero con un mismo objetivo final: la levedad lumínica. Esta levedad o ligereza de las formas mediante la acción de la luz recuerda mucho a la arquitectura contemporánea. Era más evidente en sus anteriores series “Papiroflexia arquitectónica”, “Miradas cruzadas”, “Lo oculto” y “Horizontes verticales”, una idea genial esta última, que ya nos acerca a su vuelta a la naturaleza, tal como él define a esta última serie, sin dejar también de mostrar la huella humana dejada en los diferentes horizontes de la tierra, también los que apuntan hacia el cielo.
Construcción de formas con la luz en el tiempo es lo que hace Paco Sada también cuando escoge la naturaleza como modelo. Y uso la palabra construcción porque pienso que el fotógrafo tiene algo de arquitecto virtual, además de agricultor. Fotografía y arquitectura tienen mucho en común, tanto desde el punto de vista formal como conceptual. Ambas disciplinas ponen especial énfasis en el uso del espacio señalado por la luz. La humildad de la mirada que caracteriza a la fotografía nos ha enseñado a ver la estética sobria y sutil de la arquitectura contemporánea, con su paradójica belleza humilde y sofisticada a la vez, para reflejar la cual es especialmente idónea la fotografía de vanguardia, consciente de sí misma como arte autónomo que privilegia la técnica y permite escudriñar los objetos con detenimiento, enfatizar su estructura íntima, resaltar sus texturas, analizar su contexto conceptual.  
Las fotografías de Lightness están realizadas con esta mentalidad de fotógrafo de arquitectura, que se enfrenta al paisaje. La cámara interacciona con la realidad muy despacio, sin prisas, creando fundidos a blanco con un paisaje que tiende a desaparecer en el entramado de fibras del papel-soporte. Es un paisaje mirado con luz interior, como dijo muy bien Carlos Cánovas en referencia a la serie previa “Desintegraciones”.
Dice Paco Sada que siempre la fotografía es un poco autobiográfica... y en este caso es además un poco "espiritual", en el sentido más clásico de la desmaterialización de las formas, o la materialización del espíritu como luz. Es esta fuente de luminosidad interna la que hace a las realidad fotografiada ligera, evanescente, un trasunto fotográfico del blanco sobre blanco. Esa famosa obra de Malevich de 1916, símbolo maximalista de la desmaterialización en pintura, había sido inspirada por Kandinsky y sus teorías sobre Lo Espiritual en el arte. Después vendrían los negros sobre negro, y los planos contructivistas. El propio Oteiza usa obsesivamente esos planos Malevich en sus composiciones escultórico-arquitectónicas de luz y sombra, donde la sombra es también afirmación, como lo es el vacío en la tradición japonesa y en la mística cristiana: vaciamiento que debe ser llenado de la máxima potencia divina. Ese vacío, ligereza, levedad, máxima luminosidad (o sombra, pues nunca se sabe, ya que estos extremos se dan juntos como el negativo y el positivo fotográficos) simboliza tanto la negación como la afirmación de uno mismo, cuando se deja actuar a la gracia, a la fuerza divina, a todo aquello que llamamos espiritual, y que se manifiesta también a través de la naturaleza más ordinaria. Al menos cuando, como en este caso de la obra de Paco Sada comentada, no hemos perdido la capacidad de asombro por una realidad que –con palabras de María Zambrano- nos rodea y resiste.